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RENOVARTE O MORIR

Vivimos en una época de innovaciones constantes. Esto va tan rápido, que aún estamos acabando de familiarizarnos con la nueva situación o con nuestro último cachivache, cuando aparece la siguiente actualización que deja lo anterior obsoleto y casi inservible.

Si le preguntas a cualquiera, la mayoría hemos asumido con bastante naturalidad la velocidad vertiginosa a la que todo se transforma.

Sin embargo, cuando se trata de nuestra propia evolución, no parece que cambiemos tan rápido.

Aceptamos con demasiada naturalidad que somos y funcionamos de una manera determinada, y eso justifica que nos quedemos anclados en patrones que en muchos casos ni nos planteamos revisar.

“Es que soy así” o “Ya sabes cómo es” son explicaciones que pretenden dar por zanjados muchos asuntos, liberándonos de la responsabilidad de hacer algo al respecto.

Pero el caso es que, si hay algo con capacidad y necesidad de transformarse radicalmente, somos nosotros.

UN REQUERIMIENTO SIN ESCAPATORIA

A mediados del siglo pasado, una mente lúcida y privilegiada, la del psicólogo Abraham Maslow, sintetizó en una frase muy simple el acuciante impulso humano de renovarse y crecer

“Lo que uno pueda llegar a ser, DEBE serlo”

Este referente para toda la psicología posterior abogaba, como antes lo hizo la filosofía estoica, que todos y cada uno de los seres humanos tenemos nuestro cóctel único de capacidades que piden a gritos ser expresadas.

Usar estas capacidades es absolutamente imprescindible para encontrarle sentido a tu vida, y esto es la condición fundamental para la satisfacción y la salud psicológica.

Maslow, que fue durante toda su carrera un apasionado abanderado de la actualización del potencial humano, nos previno de los peligros de eludir esta tarea.

Y es que, cuando no atendemos la llamada imperiosa de nuestras cualidades latentes, a veces reclaman nuestra atención de formas muy difíciles de ignorar.

La insatisfacción, la depresión, la ansiedad, la rabia o la angustia suelen ser la voz de este requerimiento, que solo calla cuando ponemos en funcionamiento nuestros dones de forma clara y suficiente.

«Renovarse o morir» no es simplemente un slogan empresarial. Es el recordatorio de que quedarte anclado en un punto de tu historia, te dejará fuera de las mareas de la vida siempre fresca, siempre cambiante. Y eso te privará de la riqueza de otros paisajes y otras experiencias, dejándote como un pez atrapado en una pecera de cristal.

Entonces, si desarrollar nuestro potencial es un requisito para la felicidad, las cualidades para hacerlo están dentro de nosotros, y el precio de eludir esta responsabilidad es tan alto, ¿Por qué no lo hacemos???

EL MIEDO DE LOS MIEDOS

La mitología de nuestro tiempo nos ha vendido la moto del progreso relámpago, cómodo y sin esfuerzo, lo que nos impulsa a querer lo que queremos rapidito y low cost.

Si indagas un poco, mucha gente te dirá que quisiera estar en la élite del deporte, de los negocios o de las artes, pero muy pocos están dispuestos a pagar el enorme precio que supone llegar hasta allí.

Porque no es lo mismo querer algo que hacer que ese algo suceda.

Y cuando te pones manos a la obra, te encuentras con que crecer hasta dejar atrás la persona que eres y convertirte en la que puedes llegar a ser, implica desafiar tus capacidades actuales, tus condicionamientos, y tus fantasmas.

Eso, lejos de resultar cómodo, supone mucho esfuerzo, y a veces también una buena dosis de algo que, en la era de la analgesia, nos aterra profundamente: el dolor

Sentirte incompetente a pesar de tus esfuerzos duele.

 Practicar horas y horas durante meses y años sin ver resultados espectaculares, duele.

 Y tener que admitir que la has cagado y que tienes que volver a empezar sin saber bien por donde, duele todavía más…

Hemos aprendido que el dolor es malo y hay que evitarlo a toda costa. Pero “lamentablemente”, para crecer como persona y caminar hacia la expresión de tu potencial, tendrás que atravesar la densa cortina de tus miedos, que es lo primero con lo que te vas a encontrar cuando te aventuras fuera de tu zona de confort. Y eso no es ni fácil, ni agradable.

HACER LAS PACES CON EL DOLOR

De la misma manera que Hollywood nos ha vendido la idea de que los tiburones son muy malos y que los delfines son muy buenos (cosa que no es en absoluto cierta), nos hemos tragado lo de que el dolor es un indicador inequívoco de que algo está mal.

A veces esto es realmente así, pero también es verdad que el antipático dolor cumple una función esencial en tu vida.

¿Recuerdas cuando estabas creciendo???

 Yo sí.

Me dolían las rodillas, la cabeza me daba vueltas, y mis miedos campaban a sus anchas contrayendo mi pecho. Era como si la vida hubiese entrado en caos.

Pasaba días en la cama con fiebre, pero cuando el chaparrón amainaba y volvía a levantarme, me encontraba con que las mangas que antes casi cubrían mis manos se habían encogido misteriosamente. De pronto había cosas que estaban más a mi alcance y veía a mis hermanos desde una nueva altura.

Han pasado una porrada de años, pero sigue siendo igual.

Ahora todo es un poco más metafórico, pero el proceso es el mismo: de pronto algo duele (dentro o fuera) y me obliga a parar y a mirar qué es lo que está pasando. Me toca cuidar de mí; escuchar; reajustarme.

Toca acoger la vulnerabilidad, comprender el miedo, tomar decisiones…

-Agradable???

-¡Pues no, mira!!!!

-Necesario???

-Sí, si quiero que los años sirvan para algo más que para arrugar mi piel.

El dolor no nos gusta a casi nadie, pero no es un enemigo.

Cumple una función esencial, indicando que algo necesita atención y tiene que ser actualizado.

Que sea difícil desoír su llamada es la forma de garantizarse nuestra atención.

Una pierna rota duele para evitar que la muevas y así darle tiempo a que se sane.
La ansiedad puede estar recordándote que tu sistema nervioso está haciendo malabares con demasiadas pelotas en el aire, o que estás buscando la tranquilidad en el sitio que no es…

A veces la tomamos con el dedo que señala en vez de mirar hacia donde apunta, pero tarde o temprano el recordatorio volverá… frecuentemente con más intensidad, a ver si de esta te enteras.

Imagínate que una de las luces del salpicadero de tu coche se enciende.

¿Qué haces?

¿Coges el manual y buscas que le pasa?

¿Llamas al taller?, o te limitas a mirar para otro lado o a darle una pedrada a la bombilla para que se apague???

Puedes no hacer caso, ¡claro!, pero te arriesgas a quedarte tirada cuando menos te lo esperes, tal vez con daños en el motor irreparables…

Mi propuesta es que re encuadres tu visión del dolor como algo que, igual que el dedo, apunta hacia una realidad que necesitas atender.

LO QUE NO ME MATA, ME HACE MÁS FUERTE

Dolor es un término genérico donde entran cosas muy diversas.

El miedo, la incertidumbre, la vergüenza, la frustración y la rabia, la impotencia, los celos… todo aquello que nos contrae por dentro o por fuera es dolor.

Todo lo nuevo que quieras hacer, si desafía tus capacidades actuales, te va a dar en mayor o en menor medida su dosis de acojono, y con ella el impulso de intentar evitarlo y escapar.

Cada desafío al que nos enfrentamos nos plantea un dilema que nos obliga a tomar una decisión:

Dar un paso hacia atrás para refugiarnos en la seguridad, o darlo hacia adelante en busca del crecimiento.

El primero, en principio, te complica menos la vida (solo en principio). Este es el hogar de los devotos del refrán de que “más vale malo conocido, que bueno por conocer”.

El camino hacia adelante es infinitamente más complicado. La incomodidad y la incertidumbre serán tus compañeras, y te verás expuesto, además de a “lo bueno”, también a “lo malo por conocer”.

Te va a costar mucho más esfuerzo tirar hacia adelante que continuar dejándote llevar por la inercia.

Tendrás que menear el culo y enfrentarte a cosas que te asustan, pero eso te hará crecer.

Decía Joseph Campbell que

“El demonio que te comes te transmite su poder”

Y para mí es 100% cierto.

Parir en mi casa sin ningún tipo de anestesia, por ejemplo, es de lo más cañero que he hecho en mi vida. Fue una experiencia sin precedentes para mí, que resultó un gran desafío en muchos aspectos.

Pero después de atravesar ese umbral por primera vez, nunca volví a ser misma.

Haber superado aquello que me daba todo el miedo del mundo, me enseñó mucho sobre mi capacidad y mi fortaleza, y me dio una confianza en mí y en mis recursos que nunca hubiese imaginado.

Desde entonces te garantizo que distingo con mucha claridad la diferencia entre dolor y molestia, y eso relativiza muchísimo los momentos desagradables 1f60a - RENOVARTE O MORIR

Y lo mismo se aplica a “los dolores del alma”.

Verte sumergida en la más negra de las depresiones o comida de ansiedad es muy duro, sobre todo cuando no tienes ni idea de cómo vas a salir de ahí. Y aunque aquellos fueron años de lucha sin cuartel en los que llegué a dudar si sería capaz de superarlo algún día, cada gota de ese trabajo ha rendido cien por uno.

Ahora es más fácil sentarme a dialogar con la desazón y la presión en el pecho. Puedo sonreírles desde la certeza de que, una vez se sientan escuchadas y atendidas y haga lo que necesitan de mí, ellas se suavizarán, y yo me habré vuelto un poco más resistente y capaz.

EL OBSTÁCULO ES EL CAMINO

Usar las dificultades como combustible para llegar donde quieres no es solo una teoría.
De la misma manera que el fuego usa todo lo que cae en él para aumentar su poder, así podemos las personas usar los desafíos para crecer.

Pero no te asustes pensando que tendrás que navegar en solitario en un territorio hostil.
 Casi nadie lo hacemos así.
Cuando necesitas apoyo para avanzar y lo buscas con decisión, la ayuda aparece sin lugar a dudas, a veces en los lugares más insospechados.

No te voy a decir que sea un camino fácil, pero te animo a que no permitas que te paralice el miedo.

 Aprende a verlo como un simple indicador de que algo está fuera de tu capacidad actual y de que tienes que asuntos que atender.

 Naturalmente, tendrás que sopesar la profundidad de la brecha que separa el lugar donde estás de aquel donde pretendes saltar para no precipitarte en un abismo infranqueable.

Pero medir el tamaño de los desafíos no significa eludirlos por sistema.
De hecho, lo que entendemos por una buena aventura consiste en adentrarte en un territorio desconocido e ir superando retos que siempre son un poco más grandes que tu capacidad actual. Cada prueba superada elevada tu nivel de habilidad dejándote lista para otra un poco mayor.

Y así, cuando echas la mirada atrás y ves de dónde partiste, te maravillas de que un día las tablas de multiplicar fueran tu mayor adversario.

Puedes contemplar el camino recorrido y ver qué distinta es la persona que eres hoy de aquella que comenzó el viaje.

Saboreas la paz y el placer de haber crecido.

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